La expansión prevista de la industria petrolera y gasística en alta mar supone una amenaza directa para algunos de los hábitats marinos más sensibles del planeta, según un nuevo informe que advierte que el desarrollo continuo de combustibles fósiles entra en grave conflicto con los compromisos en materia de biodiversidad y clima. Estas conclusiones se dan a conocer en un momento en que los gobiernos se enfrentan a una creciente presión para conciliar las estrategias de seguridad energética con los objetivos medioambientales legalmente vinculantes.
Dónde se concentra la amenaza
El informe identifica la actividad de perforación en alta mar como una amenaza creciente para las áreas marinas protegidas y los puntos críticos de biodiversidad. Los proyectos de expansión planificados se superponen con ecosistemas que sustentan poblaciones de peces, sistemas de coral y especies migratorias. Estos hábitats ya se encuentran bajo presión debido al aumento de la temperatura del océano y la acidificación provocada por las emisiones de gases de efecto invernadero. La actividad industrial adicional en estas zonas agrava las presiones existentes de forma irreversible.
La distribución geográfica de los proyectos planificados es amplia. La expansión se concentra en regiones donde la supervisión regulatoria de las evaluaciones de impacto ambiental sigue siendo inconsistente. En varios casos, se han emitido licencias de perforación cerca de áreas que los gobiernos se han comprometido a proteger en el marco de acuerdos internacionales sobre biodiversidad, incluido el Marco Mundial de Biodiversidad Kunming-Montreal, acordado en 2022, que estableció el objetivo de proteger el 30 % de los océanos del mundo para 2030.
La tensión entre la política energética y los objetivos climáticos
La Agencia Internacional de Energía concluyó en su histórico informe de 2021, "Cero Emisiones Netas para 2050", que no se necesitan nuevos yacimientos de petróleo y gas para que el mundo alcance las cero emisiones netas a mediados de siglo. Sin embargo, la inversión en nuevos proyectos marinos ha continuado. Los gobiernos y las compañías petroleras nacionales han citado la preocupación por la seguridad energética, especialmente tras la interrupción causada por la invasión rusa de Ucrania en 2022, como justificación para aprobar nuevas licencias de extracción.
Este razonamiento ha suscitado críticas tanto de científicos climáticos como de conservacionistas. Según el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, el medio marino absorbe aproximadamente el 90 % del exceso de calor generado por el calentamiento global. Por lo tanto, la expansión de la infraestructura de combustibles fósiles en los océanos crea un riesgo agravado, acelerando el calentamiento que degrada los ecosistemas que rodean dicha infraestructura.
Para los inversores, las implicaciones son significativas. El riesgo de activos varados sigue siendo una preocupación fundamental para las carteras expuestas a proyectos marinos de ciclo largo. Los yacimientos aprobados hoy podrían no alcanzar su máxima producción hasta dentro de una década, momento en el que las trayectorias de la demanda en escenarios de transición energética acelerada podrían volverlos económicamente inviables. Mientras tanto, el riesgo regulatorio aumenta a medida que la pérdida de biodiversidad cobra mayor relevancia, junto con el cambio climático, como marco para la divulgación financiera.
Lagunas en las políticas y fallos de gobernanza
Un problema fundamental identificado en el informe es la fragmentación de la gobernanza. Los compromisos climáticos, las promesas de biodiversidad y las decisiones sobre licencias energéticas suelen ser adoptadas por distintos ministerios con escasa coordinación. Como resultado, los proyectos pueden superar los procesos de evaluación ambiental aun cuando entren en conflicto con las obligaciones internacionales más amplias del país. Esta desconexión estructural ha permitido la expansión en áreas peligrosamente cercanas a zonas protegidas.
El objetivo de biodiversidad 30x30, si bien cuenta con amplio respaldo, carece de los mecanismos de aplicación necesarios para bloquear la actividad industrial incompatible. Hasta el momento, la designación de áreas marinas protegidas ha superado la implementación de restricciones efectivas dentro de ellas. En la práctica, algunas áreas protegidas permiten la actividad de industrias extractivas bajo licencias existentes, lo que socava el valor de conservación de la propia designación.
Activistas e investigadores reclaman una mayor coordinación interdepartamental y que las evaluaciones de impacto ambiental incorporen los efectos climáticos acumulativos, en lugar de evaluar los proyectos de forma aislada. Además, argumentan que los reguladores financieros deberían exigir una divulgación más clara de los riesgos relacionados con la biodiversidad, junto con la información financiera relacionada con el clima que ya se está implementando en varias jurisdicciones.
¿Qué les depara el futuro a los reguladores y a los inversores?
La publicación del informe en el Día Mundial del Medio Ambiente tiene un peso simbólico, aunque los momentos más trascendentales llegarán en los meses venideros. Se espera que la próxima ronda de negociaciones climáticas de la ONU, en el marco de la COP30, que se celebrará en Belém, Brasil, en noviembre de 2025, impulse un mayor escrutinio de los compromisos para la eliminación gradual de los combustibles fósiles. La gobernanza de la biodiversidad también será objeto de una revisión en el marco de Kunming-Montreal, lo que brindará a los activistas una vía formal para impugnar las licencias que contradigan los compromisos nacionales.
Para los inversores en tecnología climática y los responsables políticos, la tendencia apunta a un endurecimiento de las restricciones al desarrollo de combustibles fósiles en alta mar. Es probable que las jurisdicciones que actúen con prontitud para alinear la concesión de licencias energéticas con las obligaciones en materia de biodiversidad y clima se enfrenten a menos desafíos legales y menores costes de transición a largo plazo.
Quienes sigan aprobando la expansión en zonas ecológicamente sensibles se enfrentan a una creciente exposición a litigios, riesgos para su reputación y el eventual coste de desmantelar activos que los mercados ya no soportan.




